viernes, 19 de enero de 2018

UN ERASMUS EN ERLANGEN


Alumna: María Guerrero Fernández

Estudios:Traducción e Interpretación
Universidad: INSTITUT FUER FREMDSPRACHEN UND AUSLANDSKUNDE
Curso: 2015-16 (anual)


Me levanto, un mensaje para mis padres, “¡Buenos días!”, preparo el desayuno, acabo los deberes para las clases de hoy, me visto después de mirar por la ventana (y de comprobar la temperatura de alguna forma más fiable) y cojo la bici para ir a comerme el mundo.

Soy María, graduada en Traducción e Interpretación, y mi destino Erasmus soñado era Finlandia, pero el peso en mi conciencia por lo que más me convenía hizo que finalmente me fuera a vivir a un lugar anónimo y perdido en tierras tudescas. Es una ciudad pequeña del sur de Alemania, con una calle principal y mucha zona residencial, con muchas (muchas) bicis, con su encanto y con historias sobre la cerveza que han marcado el municipio para siempre.

Erlangen es una ciudad de algo más de 100.000 habitantes localizada en el estado de Baviera y, dicen, es la tercera ciudad con más bicicletas de Alemania. Además, su principal motor económico es la Friederich-Alexander Universität (con facultades tanto en Erlangen como en Núremberg) y, por cosas de la vida, se erige como centro de un gran círculo de 10 quilómetros a la redonda que incluye dependencias de Siemens, Adidas, Puma y Schaeffler. Sí, es una gran Sant Vicent del Raspeig llena de juventud y vitalidad. Da gusto pasear en bici sin rumbo, observar a toda la gente (antes de las 20:00, claro), entrar a los Kneipen y empezar a hablar con personas aleatorias. A veces conoces a gente cualquiera, otras veces acabas hablando sobre las variedades dialectales del catalán o terminas en una charla sobre el nazismo en un tugurio cerca del río. Yo he tenido la suerte de conocer también a personas extraordinarias de todas partes de Alemania y del mundo, de todas menos de Erlangen. Y es que, irónicamente, creo que sentir la ciudad es precisamente eso: estar sentada con gente nacida en lugares recónditos que confluyen por reglas del azar en este pequeño lugar.

Aunque este ambiente estudiantil se debe a la potencia de la universidad, yo estudié en el Institut für Fremdsprachen und Auslandskunde, o IFA para los amigos. Ni siquiera sé muy bien qué es el IFA, pero lo que está claro es que no es la universidad: asignaturas de 45 minutos a la semana, profesores nativos, clases de 30 alumnos, aprendizaje elementalmente práctico, y ambiente acogedor y ciertamente familiar. Se trata de una escuela de formación de traductores e intérpretes, muy cercana a nuestra facultad en comparación con otros destinos Erasmus, pero aun así, como veis, muy diferente. 


También es verdad, por otra parte, que estas diferencias se desdibujan en cierta medida por lo que es una de las mejores cosas del IFA sin duda alguna: su enormísima oferta formativa y académica. De todo se puede hacer en el IFA, ¡incluso traducción! Podemos encontrar desde asignaturas básicas, como cultura de la primera lengua extranjera o traducción general en muy diferentes niveles, hasta asignaturas más específicas de teoría, traducción e interpretación (directas e indirectas respecto al alemán) relacionadas con las cuatro especializaciones del centro (técnica, jurídica, económica y humanística) en inglés, español, francés y ruso. Es un lugar ideal para probarlo todo, si aún no estás decidido por una especialidad, o para afianzar esa decisión, si es que eres de los que lo tienen claro.


En cuanto a la vida en Erlangen, es una ciudad con una altísima demanda de alojamiento (es decir, alquileres por las nubes), problema del que no tienen que preocuparse los estudiantes Erasmus que reciben plaza en una residencia alemana (básicamente la mayoría). Por suerte, el alto nivel de vida alemán no se plasma igual en los productos básicos y la vida social: el precio de los alimentos, los restaurantes y la bebida es bastante razonable y cercano al nuestro (aunque deberías abrirte un fondo de ahorros si eres de los que se pasa a la hora de pedir refrescos en un restaurante). ¿Y las actividades de ocio? Pues bien, también hay una gran oferta de actividades de este tipo organizadas por la misma universidad, por centros culturales como el E-werk o por grupos de estudiantes: desde clases de baile irlandés baratísimas hasta comidas en casas de desconocidos o competiciones de beber cerveza (los llamados pub crawls).

Efectivamente, este cuadro tiene sus factores positivos y negativos, que dependerán en mayor parte de tu propia actitud, pero si una cosa tiene el IFA para los Erasmus es el contraste puro: un centro relativamente pequeño y familiar, con una decena de estudiantes extranjeros al año deseosos de mejorar su alemán, pero asentado en una ciudad bien comunicada con su relativamente alta vida cultural y estudiantil, y con una gran universidad que atrae a cientos de estudiantes extranjeros de todo tipo de perfiles cada año. Para mí, ese es el encanto de Erlangen. Si te mueres por conocer a alemanes, si prefieres hablar inglés, si te apetece ir al teatro, si te gusta la cerveza o si eres más de discoteca, en Erlangen puedes encontrar de casi todo, y si eres una alma más exigente aún, siempre estará ahí Núremberg, a unos cómodos 17 quilómetros al sur.

En resumen, académicamente, mi estancia Erasmus fue un año de retos, de hacer dieciocho asignaturas a la vez, de traducciones jurídicas desafiantes de alemán a inglés y de aprender cómo funcionan las centrales eléctricas o un motor de combustión en alemán. Personalmente, fue un año de tener entereza, de aprender a estar sola y de aprender a no estar sola. Socialmente, fue un año de descubrir las amistades bilingües y acompañarlas siempre de cerveza. Y vitalmente, fue el año en el que me enamoré del alemán, esa lengua ruda  y complicada, y de todo aquello que me ha hecho amarlo. Soy María, estudiaba Traducción e Interpretación, y mi destino Erasmus soñado era Finlandia, pero ¡qué poco me arrepiento de haber escogido finalmente Alemania! Las decisiones que tomamos son las que nos hacen ser quienes somos, y yo ahora puedo decir que soy un poco más alemana.

En cualquier caso, y aunque Erlangen siempre será para mí la mejor ciudad del mundo, el sitio es lo de menos: lo importante sois vosotros, que tengáis ganas, que os lancéis a hablar con desconocidos, que os equivoquéis al comprar una tarjeta de teléfono, que aprendáis a dar la mano en lugar de besuquear, que viváis mil experiencias y que todo eso os haga ser después un poquito más humanos.
 




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